viernes, 8 de noviembre de 2013

¿Por qué Chile es Chile?



Prefiero pensar ¿Qué es Chile?,
y no en la Imagen,
que como adolescentes,
nos importa demasiado.
Y mostrar sus realidades mayores,
a la luz de la poesía.

Una interpretación poética de Chile
no se basa en la ciencia,
ni en la técnica.
No es calculable. 
Ni se refleja en estadísticas,
ni encuestas, ni en el PIB ni en el IPC.

Una interpretación poética
revela esa parte realidad,
evidente sólo de un modo poético,
y que de otro modo queda oculta,
incluso para los más cercanos.

Realidades mayores de Chile,
son aquellas cualidades locales
que alcanzan un interés universal
y encienden la imaginación del mundo.
Pablo Neruda, Violeta Parra.

Una cualidad puramente local,
los Huasos Quincheros.

Una realidad geográfica local de interés mundial
la Patagonia,
mientras una de interés local,
la Cordillera de la Costa.
Para que una realidad local sea de interés mundial
debe tener en cuenta al mundo,
y despertar sus sentidos.

Cuando pienso en Chile,
lo primero que se me viene a la mente
es la potencia de todo lo que está por hacer.
"Un fusil que esta ahí descargado,
es mucho más que un fusil recién disparado",
dice alguien por ahí.

Chile es culturalmente impreciso y disperso.
Vive el presente en proyectos,
y el pasado arraigado casi míticamente
a la familia y a la tierra.

Las cualidades positivas y negativas de Chile son las mismas,
depende como se las mire: 
el ingenio para hacer mucho con poco
que es la verdadera riqueza, 
aunque a veces no basta,
el ocio también puede ser flojera,
la levedad, superficialidad,
y el humor, irresponsabilidad.

La dispersión física y espiritual de Chile
es fruto de una realidad que está en el alba,
recién empezando a revelarse.

El presente es el único momento de Chile.
Pero es un permanente regalo
de hechos inesperados que se viven bien,
improvisando con humor y con gracia.

Cuando se mira a Chile sin afecto,
sus cualidades se perciben como defectos.
Podemos elegir entre ver problemas
o ver oportunidades para hacer algo bueno de ellos.
Un dilema agravado ahora por el terremoto.

Chile se cree joven y celebra el Bicentenario
porque no reconoce sus orígenes
en culturas precolombinas de más de nueve mil años.

Lo que tiene Chile de país joven,
es que no domina su territorio,
ni usa su energía con la eficiencia de un país maduro.

Alberto Cruz dice que en América todo ocurre por primera vez.
Los europeos viven su pasado como presente,
les cuesta volver a mirarlo, y encontrar en él algo nuevo.
Los chilenos ni siquiera conocemos nuestras culturas ancestrales.

Los europeos ven la naturaleza a través de la ciudad.
Los chilenos no.
Y abandonamos la ciudad,
para irnos a vivir en las afueras.
Chile tiene otro modo de ser urbano que no reconoce,
ni se permite a sí mismo en sus leyes.

En Chile se practica el imbunchismo
para impedir el crecimiento de los más dotados,
que tienen que ser profetas afuera
como Neruda, Mistral, Matta, etc.

Pienso que Chile le teme a la pobreza,
a la verdad y al ridículo.
Esa angustia se expresa en adjetivos tan exagerados
que anulan lo sustantivo,
dar “un millón de gracias”,
es menos que dar “gracias”.

Las expectativas de los chilenos son riqueza,
que confundimos con dinero,
y popularidad que confundimos con amistad.
Sin embargo, los amigos
son la principal fuente chilena de alegría.
Después le siguen la fama para unos pocos,
y objetos como autos y casas,
que cualquiera puede comprar con plata,
como llamamos los chilenos al dinero.

La verdadera riqueza permanece oculta
y no es motivo de envidia por aquello que me decía mi abuela:
"la gente feliz no se nota, no aparece en el diario".

La verdadera riqueza ni se busca ni se alcanza.
Se tiene y se da.
Consiste en ser más lo que se es, y no en tener más.
"Sólo es dichoso aquel que quiere dar”, dice Goethe.

La falta de un plan maestro de construcción de las ciudades devastadas,
los proyectos para represar los ríos Mapocho, Pascua y Baker,
la entrega de mediaguas a los que necesitan casas,
pero también los asados que se hacen mientras desfilan las tropas
el dieciocho de septiembre en el Parque O'Higgins,
me hacen pensar que existe un país oficial, y un Chile real.

Chile oficial ocupa un espacio legal
con capital mental en la zona central.
Lo dirigen el presidente, sus ministros,
obispos, senadores, diputados, 
intendentes y jueces. 
El poder oficial.

Chile oficial se encamina al desarrollo
con alta tasa de crecimiento, baja inflación
y una gran infraestructura de puras leyes.
Sin asumir honestamente sus debilidades
ni darle una solución íntegra a la pobreza material,
a la educación, al aborto, al smog, a la salud,
a las parejas que no se pueden casar,
o a las adicciones desordenadas.

Sin gracia ni ingenio,
Chile oficial parece recreado del original
por la imaginación de un oficinista
ocupado en controlar a los demás desde la seguridad
de su traje rayado de banquero inglés 
de una talla menos.

En Chile oficial hay poca riqueza verdadera
de aquella que se goza y se da.
La caridad se hace con publicidad,
y el humor con animadores.

La pobreza oficial en Chile 
es ganar menos de 300 dólares al mes,
porque se confunde la riqueza con el dinero.
El título de pobre oficial
invita a esperar toda solución del estado,
y a olvidar que cada uno
tiene algo bueno y valioso que aportar a los demás.

Chile oficial vive de acuerdos de comisiones de esto y aquello,
porque no tolera la diversidad del mundo civilizado actual.
Funciona creando limitaciones
en vez de un entorno favorable y fecundo
para ser más lo que es.

Chile real no coincide mucho con el país legal.
Sus personajes son alcaldes y curas,
alguno que otro ministro empoderado,
diputados o senadores díscolos, carabineros,
bomberos, carteros, matronas, practicantes, y profesores.
Y, ¿Por qué no?, arquitectos e ingenieros,
profesionales y técnicos.

En Chile real la ley de tránsito, o el alcotest
no se pueden aplicar a una carretela sin patente con un perro a la siga
que va por la berma de la autopista contra el tránsito.

En Chile real las parejas se juntan o se separan con dolor y sin trámites.
Hay niños y allegados por todas partes,
sonrientes a pesar de su falta de papeles.
Se vive al día sin pagar el IVA,
con la sana ayudita de unos tragos,
de un compadre, o del amor,
que no le sobran a nadie que yo sepa.
El humor abunda
y el ingenio reemplaza a la técnica
y a veces al dinero.

Yo creo que en Chile real
hay riquezas verdaderas y cierta calidad de vida,
sin desconocer que hay desterrar el hambre y la miseria
que están en todas partes.

En Chile real hay caridad.
Se hace el bien sin mirar a quien y sin ser visto.
Siempre hay atención para una visita inesperada,
mientras en Chile oficial hay que avisar por anticipado.

La vida para todos es a veces cruel.
Pero leve y graciosamente,
se vive mejor la vida tal como es.

Chile real une con poesía lo terrestre y lo celeste.
Es imaginativo y valiente,
disperso y desordenado como la vida misma
que se vive abierta a la providencia.

La pobreza en Chile real
es sufrir la miseria en cualquier forma
y no tener idea de cómo superarla.
Tal vez por falta de capacidad para cambiar la mirada
y romper el círculo que se volvió vicioso.

En Chile real la riqueza pueden ser afectos,
un don como ninguno.
Todo el tiempo del mundo para ser lo que se es,
amar a quien se quiera,
hacer con ganas lo que se tenga que hacer,
y disfrutar de lo gratuito.
En un espacio pleno de libertad y tiempo.

Chile real crece menos
y su inflación es mayor que la estadística.
Sus productos per cápita vitales
son las calorías por día,
y el acceso a la posta, a la escuela, al retén, a la luz,
al alcantarillado, o al agua potable.

Chile real vive de la tolerancia a la diversidad
y de la generosidad de todos,
incluidos los pobres materiales.

Me gusta y disfruto el Chile real.
Y me gustaría establecer un puente entre ambos,
que es el objetivo de mi trajín.

Lo mejor de Chile real son la gracia
y el desapego que tiene forma de ingenio.
Porque bastan para ser esporádicamente feliz.

Chile hace mejor aquellas cosas irrepetibles
que requieren ingenio y gracia para existir,
y que llevan signos de vida en sus cuidados.

El volantín se inventó en China,
pero el más liviano y sencillo es probablemente chileno.

Otros son fruto de la imaginación para hacer mucho con poco,
por ejemplo, los objetos de cerámica o de mimbre,
de alambre o neumáticos usados,
las ferias persas, los puestos de fruta en las autopistas,
los músicos en las micros, o la venta en las esquinas...

Estas expresiones son una interpretación poética del mundo.
De la capacidad para darle una vuelta más a las cosas de siempre,
para encontrarles un algo que ilumine la misma vida con otra mirada.
O en el caso de los telares Aymarás o Mapuches,
que reflejan una capacidad cultural de síntesis,
que es muy necesaria hoy cuando debemos manejar tanta información.

Lo más atractivo que tiene Chile para sus visitas,
es el desapego con que se usan el tiempo
y el espacio generosamente disponible en el país real.
Gracias a que la organización del país legal está todavía en pañales,
los burócratas no han podido controlar esta riqueza.

Chile tiene gente común inteligente, familiar y pacífica,
con cultura para vivir bien en un país fecundo y poco utilizado.
Obligada a trabajar, trabaja.
Bien dirigida trabaja bien.
Bien enseñada aprende y mejora.
Bien liderada se hace creativa y generosa.
Y que conoce su trabajo y las reglas,
tanto para cumplirlas como para saltárselas con el mismo interés.

En Chile no se ha aprovechado el ingenio para trabajar serenamente,
correr menos y producir más;
la gracia para hacer mucho con poco
y ver el otro lado de lo obvio,
e inventar cosas nuevas apartándose de las existentes;
el humor para poner poesía en el mundo pragmático
y a veces prosaico del "mercado", etc.

Estos son grandes valores agregados,
a mi juicio muy escasos en el resto del mundo.

Creo también que el consumo ha demostrado
que los hombres y mujeres
no podemos vivir solo
de satisfacer necesidades prácticas.
El ocio proporciona tiempo,
el arte ojos nuevos,
la religión orientación,
la poesía nombres,
el humor desapego
y el desapego felicidad,
y la gracia todo lo demás.

Para describirlo en una palabra, diría Chile.
En una frase insinuaría, Chile Es…
Para Chile prefiero los colores de los papeles de seda de volantín,
antes que colores básicos como el rojo o el azul,
o muertos como el color peltre que tiene el nuevo Escudo Nacional.

Si tuviera que elegir un animal para Chile
elegiría el quiltro por su inteligencia
y habilidad para sobrevivir
y su sentido del humor y del amor.
Nunca animales casi heráldicos como el cóndor y el huemul.
Tampoco mascotas.

La realidad de Chile supera cada día a la fantasía.
Basta leer los diarios.
No hace falta ponerle más color,
sólo verlo con afecto,
y mostrarlo tan diverso como es.

Para nombrar lo que hace que Chile sea Chile se necesita un poeta. O más.

Santiago, 5 de Agosto de 2010

Germán del Sol