martes, 7 de enero de 2014

En América Grandes Explanadas. No Calles.



México,
vamos de salida,
mas celulares que gente,
platican, bueno! bueno!, baii!
Ándale! Híjole!
y a gritos se multiplican,











El aeropuerto es una palapa de paja,
como las casas de la Hacienda El Tangue
en Pichidangui,
llenas de aire y de encanto,
palapas grandes,
troncos gruesos amarrados,
pilares altos vigas y cumbreras
de largas y delgadas viguetas,
cuelgan superpuestas las palmas.

Espacios abiertos heredados,
presentes en todas partes,
los mexicanos no los han olvidado.

Seremos capaces también nosotros
de heredar esas calles que varían de ancho,
dejando por todas partes vivos
espacios intersticiales,
plazas que se extienden generosas,
primero abriendo en el paisaje natural
o en la ciudad,
un plano limpio de piedra,
sin objetos y sin anécdotas,
un plano que mal llamamos vacío,
cuando en realidad esta lleno de sugerencias,
un vacío fecundo que se llena
con lo que cada cual lleva adentro,
y que cada uno llevará consigo
cuando se vaya y se aleje,
como yo lo traigo conmigo a Chile
como si fuera mía también esa riqueza,
ese hacer tanto,
con solo quitar lo que hay cerca,
y dejar que la distancia
a las personas y a las cosas
se salve y crezca,
dejar que las personas y las cosas pasen lejos,
y pasar uno a su vez por la plaza una vez solo,
una vez solo y ligero,
como se pasa por la vida según León Felipe,
el poeta español que vivió en México.

Planos que se abren y luego suben
por escaleras y rampas,
los muros pesados y altos
que cierran las plazas,
y al mismo tiempo les crean
un horizonte propio que refuerza el paisaje,
porque lo aprieta contra las lejanías
y el cielo azul, o las nubes negras.

Muros pintados primero de colores fuertes
y luego pintarrajeados,
manchas de colores
que vibran entre si,
una lección de arte
salida de una batalla
entre la unidad del color decidido,
y los grafiteros.

Colores fuertes que mueren en los cantos,
para que aparezcan otros del otro lado,
pinceladas sueltas y confiadas,
que tiemblen con las sombras
del adobe turbado por el polvo
y las grietas del tiempo,
y el trabajo nacido de las manos,
sombras de molduras coloniales,
y de portones de tableros de madera
altos, pesados,
sobados en los cantos…
adentro patios enclaustrados,
grandes de tamaño
los patios de iglesias,
monasterios y palacios,
pilares gruesos corredores frescos
bancos livianos arcones largos,
altos muros y a veces, una pileta de agua,
uno que otro árbol grande
que se asoma hacia los lados,
grandes de contenido,
los patios de las casas,
el universo entero en un patio
quería tener Barragán
y lo encontró quizás
en los patios de Eduardo Padilla,
que están en un plano mas alto
que el interior de la casa,
y se sube a ellos,
como a una espesura de árboles
cuadrada por los muros.

Un abrazo

German del Sol
7 de enero de 2014